25 agosto, 2010

¿Cervezas de 40, de 55 y de 60 grados?

Articulo aparecido en Vivir El Correo 23-8-2010 páginas 4 y 5 por Carlos Benito

Fabricantes de Escocia, Alemania y Holanda se enfrentan en una guerra por alcanzar el nivel máximo de alcohol en sus productos

La cerveza fría es uno de los grandes placeres del verano. Basta cerrar los ojos e imaginar un vaso bien lleno de líquido dorado, como si hubiésemos atrapado el sol y le hubiésemos puesto una corona de espuma, para sentirse un poco de vacaciones. Es la reina del chiringuito y de las comidas al aire libre, así como el consuelo vespertino de quienes trabajamos en agosto, y lo difícil es conformarse con beber sólo una. Pero la cerveza, tan amigable, tiene otra cara mucho más salvaje: parece cosa de otro mundo, pero existen variedades de más de cuarenta grados, brebajes exagerados que compiten con el whisky en graduación alcohólica. En este mercado ya no resulta nada recomendable pimplarse varios botellines de una sentada, ni siquiera uno, y las ensoñaciones estivales se vienen abajo derribadas por un 'bulldozer' etílico.
Desde finales del año pasado, tres fabricantes andan enzarzados en una singular competición por facturar la cerveza más fuerte del mundo, mientras los asombrados espectadores se preguntan hasta qué punto esos líquidos siguen mereciendo el equívoco nombre de cerveza. No es la primera vez que se desata una guerra de este tipo: allá por el cambio de siglo, dos compañías estadounidenses -Sam Adams y Dogfish Head- ya protagonizaron una carrera similar, con sucesivos lanzamientos de productos cada vez más alcohólicos, hasta que la primera se alzó con el triunfo en 2002 gracias a su 'Utopias MMII' de 24 grados, cuya comercialización sigue prohibida hoy en varios estados de la Unión. Pero aquello era un inocente juego de niños si se compara con las graduaciones que se manejan en la actual 'guerra de la cerveza', un enfrentamiento despiadado entre escoceses, alemanes y holandeses, que son gente que entiende de bebidas potentes.
Los grandes animadores del cotarro son los escoceses de BrewDog, dos amigos que en 2007 decidieron convertirse en «un bastión de inconformismo dentro de un desierto corporativo cada vez más monótono» y «un intrépido David en un océano de insípidos Goliats». Martin Dickie y James Watt tienen mucho talento para la publicidad, ya se ve, y han encontrado en esta contienda un filón promocional que los ha hecho famosos en el mundillo. En diciembre del año pasado lanzaron una cerveza de 32 grados, una proporción que queda fuera del alcance de los procedimientos convencionales. Para lograrla tenían que someter la cerveza a sucesivas congelaciones e ir eliminando agua, de manera que se incrementase el contenido de alcohol. ¿Lo que queda es aún cerveza? «Sí, lo es -defiende James Watt desde su cuartel general de Fraserburgh, cerca de Aberdeen-. La destilación por congelación es muy diferente de la destilación normal. Con la normal estás purificando la bebida; en cambio, así la estás concentrando, amplificas los sabores, los aromas, la textura, la experiencia. Haces que la cerveza sea aún más cerveza, porque hay menos presencia de agua». El sistema no lo han inventado ellos: se usaba tradicionalmente en la fabricación de las 'eisbock' alemanas. Eso sí, lo han llevado hasta extremos insospechados.
Animales disecados
Pero no han sido los únicos. La empresa Schorschbräu, de la región bávara de Franconia, no tardó en reaccionar con su 'Schorschbock' de 40 grados, y su atrevimiento desencadenó el conflicto internacional. Los escoceses, individuos de espíritu punk, no se cortan en grabar cómicos vídeos promocionales donde tachan a sus rivales de «mascasalchichas», mientras que los alemanes replican con afirmaciones como que «los hombres de Franconia no se visten como chicas», se supone que por aquello de las faldas masculinas. No cabe duda de que la rivalidad ha beneficiado a ambos bandos, que además dan la sensación de estar pasándoselo bomba, como críos con pistolas de juguete: los muchachos de BrewDog bautizaron su siguiente producto 'Sink The Bismark!', es decir, '¡Hunde el Bismark!', con 41 grados, y los francones pusieron fin a ese breve reinado una semana después con la 'Schorschbock 43', dos grados más arriba. «¡El imperio francón contraataca!», proclamaron.
El mes pasado, Martin y James replicaron con su golpe maestro en esto del marketing: 'The End Of History' ('El fin de la historia'), una burrada de 55 grados en edición limitada. Sólo comercializaron doce botellas y las encargaron a un taxidermista, que utilizó ardillas y armiños -y también una liebre- para lograr un diseño que, desde luego, no deja indiferente a nadie, aunque no está muy claro que dé ganas de beber. «La botella es hermosa e inquietante a la vez, rompe convenciones y tabúes, igual que la cerveza que lleva dentro. Los doce ejemplares que utilizamos habían muerto atropellados y nos parece que esta manera de honrarlos es mejor que dejar que se pudran a un lado de la carretera», aclara James, consciente de las críticas vertidas por asociaciones animalistas. 'El fin de la historia', marca inspirada en las tesis del politólogo Francis Fukuyama, no sólo se convirtió en la cerveza más fuerte del mundo, sino también en la más cara, con un precio que oscilaba entre 600 y 850 euros por la botella de tercio. Pero han conseguido venderlas todas, o eso dicen, a coleccionistas del Reino Unido, Dinamarca, Japón y Estados Unidos. ¿A qué sabe una cerveza de 55 grados, James? «Es asombrosa, pero hay que tratarla y beberla como si fuera un whisky 'single malt' escocés. Es rica, con una dulzura de miel, galleta y 'toffee' al principio, una oleada de especias, bayas y manzanas y un final cálido». Los socios escoceses aseguraron que habían alcanzado el límite último en esta carrera y decretaron que su producto suponía «el punto final de la cerveza», el último estadio de esta enloquecida evolución.
Sólo un juego
No contaban con un holandés guasón, Jan Nijboer, de la empresa 't Koelschip, que hace un mes comercializó su 'Start The Future', de 60 grados. El nombre, algo así como 'Empieza el futuro', es una mofa evidente a costa del 'final de la historia' de los escoceses, pero Nijboer se resiste a emplear el lenguaje bélico y agresivo que tanta diversión ha brindado a sus contrincantes: «No se puede hablar de guerra. Esto es sólo un juego, un chiste», explica en un inglés precario. El holandés recomienda tomar su cerveza con tranquilidad «en vaso de whisky o copa de coñac», dice que sabe simplemente a «malta y lúpulo» y no oculta su receta maestra: «Una parte de cerveza, otra de cerveza congelada y otra de cerveza destilada».
«¡Ja! Hacen trampa, añaden licor -se horroriza James Watt-. ¡Eso no es cerveza!». Y seguramente tiene razón, aunque muchos dirían lo mismo al probar cualquiera de los derivados de la cebada que han ido apareciendo en este reportaje. Menos la rubia fresquita del primer párrafo, claro: ¿no se han quedado con ganas de pegarle un buen trago?

2 comentarios:

Grizzly dijo...

He disfrutado mucho de tu entrada sobre estas cervezas extravagantes. Gracias.

Apicius dijo...

Hola Grizzly:
Gracias por su nota y sobre todo por pasarse por mis blogs.
Saludos